martes 10 de enero de 2012

Aproximación al duelo de Las Viejas

No hace mucho tiempo
que
casi todos los gordos (esos adorables gordos siempre
locuaces y sonrientes)
decidían abandonar los lugares hermosos
para irse a morir lejos,
quizás por vergüenza
o porque en el fondo
sabían que su parecido
con un elefante iba más allá
de lo meramente proporcional. Por el contrario,
los flacos
solían ser petulantes
e indómitos
hasta en las horas graves
y escupían escapularios
y proferían insultos
maldicientes
contra los curas y Las Viejas que
les rodeaban
el alma y las sienes
con toallitas de agua fresca
y estampitas de santos.
Cuando se trataba de un niño
o una niña,
Las Viejas salían a las calles
penosamente
con sus rostros
tan similares a los árboles
caducifólicos
y lloraban y rezaban horas enteras
mientras que en el rostro del
angelito (que así llamaban Las Viejas a los neonatos
fallecidos),
lejos del rigor grave de los muertos,
se observaba una tenue
luz que se estrellaba
en los recodos del rostro
dibujando
imperceptibles circunvoluciones y pliegues y
líneas de expresión;
de este modo, decían ellas,
"el Señor ilumina las sonrisas que nunca fueron ni serán".