domingo 18 de septiembre de 2011

Ella se sienta en la terraza de su casa para ver cómo el sol se llena de musgo en los techos del INVU

Para ella la nostalgia podía ser un
relamido insincero y poser.
Sin embargo estaba habituada a
descascarar
tardes enteras
mirando las cosas que nunca cambian
mientras se derrocha la mitología del tiempo.
No tenía piedad de nada. No la perturbaban
los piscoanalistas olvidados
ni los colegiales que hacen fila para
determinar quién es el más triste de todos. Se sentaba
en la terraza de su casa
para ver cómo el sol
se llena de musgo en los techos del INVU.
El jardín de su abuela
lleno de chinas y hortensias
para ella
era simplemente un universo kitsch
en el cual se estrellan los acentos
importados de la palabra folklor.
Era incapaz de soportar la incertidumbre
de
un mundo con cítricos y empréstitos. Por eso se
pinta las uñas con el esmalte hediondo
que vende
Pequeño Mundo
y se rasca la axila a fin de conjurar los sueños en los que
pierde alguna pieza dental. Si por ella fuera
llamaría a su amigo imaginario para jugar
pictionary y para contarle las ganas
que tiene de comprarse
un carro con el que pueda jalar a la playa
con las compas del brete. Pero el alma
se le escapó con la primera menstruación
y le quedó embarrada
rojamente
en todos los días feriados del calendario
y todos saben que no hay entusiasmo desalmado. Alguno que otro día
se permite acariciar la divinidad de la sonrisa ajena.
Por lo pronto
le basta con ahorrar y ver si en Berlitz
puede aprender el idioma de
los príncipes azules.

1 comentarios:

C-Regueyra dijo...

Este, entre otros suyos, sería bonito que estuviera compendiado en algo así como una colección de transeúntes memorables, donde todos archivamos esa gente que nos hemos topado en bares, parques y buses. Con esto quiero decir que aunque son figuras realistas, no se ciñen, sino que se desbordan; o algo así.