Indistintamente preparaban tamales todos los 22 de diciembre.
Desde hacía casi 50 años. Juntas. Las Viejas. Convertían su oficio en una suerte de rito que
desde sus inicios, estaba condenado a la extinción.
Y sus manos eran tan hábiles. Sus manos iban de un lado a otro con bocados de masa, carne adobada, ocasionalmente pasas y aceitunas, como en un ejercicio de remotos prestidigitadores.
Y eran las mismas viejas que una vez vieron nacer niños horrendos.
Eran Las Viejas que también vieron a su vecina expirando en medio de una hemorragia
luego de dar a luz a un niño que traía los ojos abiertos
y llenos de color violeta.
Y preparaban tamales todos los 22 de diciembre, desde que no eran tan viejas. Todo cambiaba alrededor suyo excepto las cantidades precisas de pipian y sal para la masa.
En los marcos de la ambigüedad una pizca constituye una unidad de nomenclatura misteriosa. Así eran Las Viejas:
como una imposible nomenclatura de tiempo.
Sus hijos mayores escucharon The Beatles y sus hijos menores Michael Jackson y sus nietos escucharon reggaetton. Pero ellas de música sabían poco.
Sus manos, tan hábiles. Sus manos eran cualquier
cosa excepto manos envejecidas.
No sería absurdo imaginar el cadáver de Las Viejas
con sus manos gráciles y ajenas a la muerte. Se podría pensar que a Las Viejas las enterrarían
desnudas y sin ataúdes y que dejarían sus manos
sobresalir del sitio donde fueron enterradas
para que así los tristes pudieran ver cómo crecen flores de carne y hueso en las tumbas más desatendidas.
Las Viejas. Así eran. Así son.
Mientras el mundo asiste a sus inofensivos derrumbes
ellas murmuran cosas inexplicables y preparan sus tamales.
INSTITUTO TECNOLÓGICO LIBRE DE HUMO DE TABACO
Hace 6 horas
3 comentarios:
Allá viene la vieja, con la frente bendita... En mi familia aún cuento con varias. ¡Salud por ellas!
Este es de los que más me gusta. La estampa pausada. Una loa discreta.
Está hermoso, me gusta el embalaje de lo brutal con una cierta ternura, casi imperceptible.
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