sábado 22 de enero de 2011

Mientras las fábricas de Sajonia se privatizaban

No sé hace cuánto mis padres no se besan.
Quizás debe ser que existe una norma
según la cual los viejos renuncian a decirse cosas inútiles.
El tiempo en que los casinos eran
máquinas para fabricar sueños ya acabó.
Como acabaron también los paseos a la
en el ZAZ 968 de papá
y las baladas cursis
que empezaban a sonar justo
cuando la dulzura se arruga en
todas las madres del mundo.
A penas anochece empiezan
a surgir los temores que delinean el contorno
de la madurez:
la oscuridad
lo que hay bajo la cama
los monstruos y las
eyaculaciones prematuras.
Mientras en la televisión anuncian
himenoplastias para conjurar
la sorpresa y
la gloria vacía de ser
virginicida
nadie ocupa la silla
de la abuela
y su cama permanece
como una resignación.
Un sofá bastaría
para percibir que hace falta algo más allá de
la oquedad de sus almohadas.
Hoy entramos en la noche
como a una premiere
en la que ya conocemos
quién es el conspirador.
El agua de la noche
nos hiere
y a veces
sentimos que no estaría del todo mal
llamar a esa vecina que usaba minifalda
antes de que la
treuhandanstalt
privatizara las
fábricas de Sajonia. Se vale leer best sellers
y creer que el
futuro es un lugar en el que
hay habitaciones
numeradas con números romanos.
Se vale pensar que los padres no se besan porque son
eternos.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

El Best Seller es El Fin de la Eternidad, de Isaac Asimov.
O no.

Jenaro dijo...

jaja!! Puede ser que si, pero honestamente no fue un propósito consciente

Pelele dijo...

Hay, como decían aquellos dos sobre aquel otro, una religiosidad si se quiere secular, pero mejor íntima, en este poema, creo que tiene que ver con lo del beso y lo que de ritual amoroso podría endilgársele. Meter una "época" en un beso, joder, por ahí va la poesía, al menos la tuya.

Filisteo dijo...

Se cuela un jugo de futuro en ese pascón tuyo. Está precioso