viernes 27 de noviembre de 2009

Nicanor Parra recuerda las canciones de Cartola (O mundo é um moinho)


con estricto rigor se han confeccionado
cerca de 80 trillones de versos para las
mujeres más horribles del mundo
para todos esos rostros compungidos que miran los atardeceres
y sienten pena de sus hijos muertos
se han escrito billones de líneas
para reinventar
los suspiros que se extraviaron de los aeropuertos
hordas de muchachos y muchachas se trepanan diariamente
el cráneo buscando un adjetivo preciso
la rima lapidaria el ritmo capaz de conjurar el olvido
acaso el más tímido de los monosílabos
y la idea misma de la prosa
desmoronándose en los sórdidos titulares de
la prensa amarillista
se ha conjugado en cientos de millones de tiempos
desafiando minuto a minuto todo tipo
de paradigmas verbales
todos los jueves de la semana se cometen adulterios y
se cita a Bergson y a Wittgenstein en los moteles
y bajo las mesas de los bares hay
conspiraciones de sandalias y tenis
hay muchachas mojadas y adolescentes erectos
como los que hicieron delirar a los antiguos
se escriben cuatrillones de pasajes al año en los que
siempre hay un corazón infartado
exceso de alcohol drogas y lesbianas
y en cada restaurante se habla de
los viajes de Kerouac y del renovado romanticismo
del VIH
viudos autoconvocados y recién graduados
escriben extensos monólogos llenos de figuras vernáculas
y se fabrican millones de sonetos que hablan sobre
los cadáveres de los peces
la implicación
del tiempo en las cosas que nunca nos abandonaron y sobre esa costumbre
que tienen los ancianos de creer en
las premoniciones
se parafrasean pulcros anatemas que cuentan de
los vicios de Rimbaud y todas las noches dos millones y medio
de personas
antes de acostarse
cree que escribe buenos versos
el resto se conforma con ponerle nombres griegos a sus perros

lunes 23 de noviembre de 2009

Policíaca


La señorita R trabaja como fotógrafa de
la sección de sociales del diario T y su jefe es
el señor K (jefe de redacción del diario T).
La esposa del señor K es una mujer neurótica cuya piel hace
llorar a los conductores de autobús. Su cara parecía adeudarle
rasgos a los timbres postales de la antigüedad. Es una mujer celosa
que nunca pudo darle hijos al señor K y que preside el Consejo de Damas de la Caridad de la ciudad Z.

Cuando
aquella mañana de un jueves de agosto el señor K
le pidió a la señorita R cubrir una recepción
organizada por las damas de la caridad
en cierto hotel capitalino
ella nunca imaginó que afuera el mundo estaría lleno de cadáveres de
niños huérfanos.

“(…) Escaparon de un orfanato donde periódicamente las damas de la caridad bautizaban la tristeza.”

En el puesto de revistas de la esquina la policía halló una bolsa con canicas.
Estaban escondidas entre las revistas femeninas
y los ejemplares de Almanaque Mundial.
Según se supo luego
los huérfanos apedrearon el esmog y orinaron
como ángeles frustrados.
Cuando la policía los encontró dijeron una plegaria
y se tragaron un puñado de canicas. Llevaban canicas de colores para suicidarse.

“(…) Los niños huérfanos cuando pensaban en sus madres pensaban en fríos osos de peluche. Pero también pensaban en precipicios porque las madres amamantan el vacío.”

Así consta en la declaración del único sobreviviente
(dudosamente escrita en tercera persona)
La señorita R registró mediante fotografías el instante
en que alguien realizaba una llamada telefónica en medio de la
conmoción.
Por la noche mientras retocaba la imagen
descubrió cierta expresión de complicidad.
“Sería una mala película” pensó antes de apagar la computadora
sin guardar los cambios efectuados al documento. “Una manera infalible de deshacerse de las evidencias sin el incriminatorio cesto de basura” O un claro favorecimiento a la industria
de los hackers
Esa noche la señorita R se quedó en la sala de su casa fumando
(de la frustración había vuelto a fumar). Se quedó sola y sin sobornos.
Con esa misma sensación de quien acaba de descubrir que sus
días empiezan a adquirir el color amarillento
de los periódicos antiguos.
También descubrió que las tramas policíacas
para ella son como
esos días en los que aparece una cucaracha muerta en el frasco del café.


*Imagen tomada del comic de Tony Harris, Down.

lunes 2 de noviembre de 2009

Game over


A Rodrigo Fresán por sus "Señales captadas en el corazón de una fiesta"

Esa fiesta tenía los ojos como un dibujo

rescatado de un incendio tenía un corazón inmenso

encerrado en una de sus habitaciones

Había un centenar de sombrillas grises en los pasillos

estaban todos mis amigos ebrios

y todos mis enemigos jugando a los

saltimbanquis

Había ropa sucia en todas partes

Esa fiesta tenía tacto de madrugada

y su luz nunca lograba hacer luz

las lámparas obraban de modo distinto

y en esa fiesta el mundo aprendía el oficio de accidente

Esa fiesta tenía un hueco en el vientre

donde los enamorados depositaban flores absurdas

Se oficiaba toda clase

de ceremoniales sacrificios alguien recordaba

un precipicio desde donde se lanzaban pedacitos de papel a los muertos

y la fiesta en principio

debía ser una fiesta amena

Llegué a esa fiesta persuadido por las metáforas de Ginsberg

por las piernas de una chica que estaba sucia

una chica que había decidido ahorcarse en medio de una calle populosa

donde los semáforos rockanrololeaban

y donde había una docena de universitarios lloriqueando

Llegué a esa fiesta y supe que nadie

guardaría las fotos (ni ahorraría las propinas sin erogar)

ya que nadie de los presentes querría verse una tarde recostado al hombro

del esposo o de la esposa

lleno de sofás y macilentos suvenires

pensando en “lo locos que éramos” e ignorando y pasando por debajo

las fotos en las que nadie sonreía

Quizás anhelarían el tiempo en que las fiestas eran amenas:

cuando nadie brindaba por los muertos antes de eyacular

Uno que otro se sentiría orgulloso de no ser como los otros

y la mayoría daría vueltas en la cama sin ser del todo conscientes

de que el punk is dead

and

the

dream

is

over

lunes 26 de octubre de 2009

Botánica


Esa tarde estaba resuelto a arrancar una de sus hojas.
Me escabullo hasta el lugar de la casa donde están
las pilas los helechos el canario la lavadora siemens
viejísima y redondeada la plantilla de gas y el
alimento para el perro. El efecto del tiempo en las cosas
suele ser más abrupto que en las personas.
Las cosas se redondean y las personas se encogen. La abuela
está encogida en su máquina de coser. La nevera admiral
tiene las esquinas redondeadas y el esposo que mi hermana
tendrá
algún día
querrá restaurarla para hacer un homenaje
a la abuela en una casa de campo con corredores anchos.
Yo la veo entre la botánica privada y su pasatiempo. A la abuela.
Las plantas chorreando sombras que nunca poblarán la noche
y siendo guarida de los bichitos que más temprano que tarde
me harán preguntarme por la muerte.
Cuando los abuelos mueran ¿Cómo será
la música que inventará la angustia?
Me agacho. La abuela murmura cosas que sólo entienden
las plantas
¡las hojas de la lotería son venenosas, nunca las toque!
Me prometo a mí mismo que nunca voy a escuchar Brahms
tomando un té de tilo en medio de un amanecer histórico
de agosto y que 15 años más tarde no voy a comprar
cigarrillos para resucitar el romanticismo.
La abuela no mira el televisor sin que el abuelo esté en casa
porque no le gusta que la voz de otros hombres se meta en su casa.
Recojo algunas de las boronitas de pan que se le cayeron a la hora del café.
Estoy seguro de que se muere de ganas por sintonizar
Sábado Gigante.
Me escondo detrás de la maceta amarilla.
¡se llama lotería porque en las hojas se forman los números que van a salir en la lotería!
Estoy escondido detrás del futuro. Y el futuro es una serie inconexa
de manchas blancuzcas
desordenadas sobre una superficie misteriosamente verde.
No me atrevo a arrancar una de sus hojas. No alcanzo a imaginar
qué consecuencias podría tener
un acto que en sí mismo es temerario.
El aire está lleno de suspicacias y la luz de la casa de la abuela
a las 3 de la tarde
está llena de siglos.
Los objetos no la reflejan. La beben. Como un fermento
en el que laten los corazones que aún no nacen.

lunes 19 de octubre de 2009

Death proof


Para R por las pelis de Tarantino


Desde que el mundo borró los horizontes
desde que estranguló a los geometras obsesivos
toda despedida es esnobismo.
Yo vine a aquí porque me dijeron que
aquí vivía mi padre
y por casualidad me enteré de que
Woodstock acabó hace tiempo.
Vine a esta ciudad a ver
incendios forestales y tropecé
con un loco que se creía bombero.
Vine a esta ciudad a fumar marihuana
a emborracharme con la orina
de amorfos pollos deshuesados
pero regresé con una estaca de neón
metida en el ceño.
Con el tacto sutil de una corista
baptista a quien mancillé brutalmente.
Con la pluma favorita
de un indio de Salt Lake City.
Ahora me asalta el recuerdo de esos temerarios hombres
de Tennessee que parecían hidalgos cabalgando un dodge challenger
como el de Vanishing Point.
Me asalta el recuerdo de aquel doble de películas
de acción que se dio a la labor de buscar el sitio donde mueren
todas las carreteras del mundo.
Ese sujeto que nunca pudo acostumbrarse a suprimir las despedidas.
El que se mantuvo abstemio sin saber que Roma cayó hace siglos

miércoles 14 de octubre de 2009

Una princesa sin película (o de cuán triste puede ser vivir en L.A. sin un reality show)


cuando cumplía años

se sentía como una princesa sin película

se sentía como una sombrilla cerrada

y se sentaba en el balcón de su casa a fumar

simplemente porque cualquier escena

melancólica requiere

de balcones abismos y cigarrillos

y luego se acercaba al espejo y se miraba

las pequeñas arrugas que se iban dibujando en

su rostro

y trataba de encontrar dónde había quedado el rostro

aquél de hace unos años y se contemplaba

y después de unas horas

daba con un rastro de pequeñas arrugas

y lo seguía a través de su arco maxilar

y rodeaba las órbitas de sus ojos y se entretenía dando vueltas

en sus párpados y retomaba su camino y al fin

en un marginal recodo de la sien

se topaba con una especie de archivo donde estaba

la memoria de sus gestos y luego se echaba a llorar

y encendía otro cigarro y decidía huir de casa

y tomaba un bolso lleno de boronitas de pan

y se marchaba y se cercioraba de dejar tras de sí

un rastro

como los estúpidos de Hansel y Gretel

iba lanzando boronitas

con la salvedad de que ella

había tomado la precaución

de envenenarlas

por eso cada año era preciso seguir el

mismo

rastro de pájaros muertos hasta

ese puente donde cada víspera de aniversario

se prometía no cumplir más años

viernes 9 de octubre de 2009

Un muchacho de la capital


A Eduardo por sus prosas



Y por si fuera poco todavía hay

un ramo de servilletas arrugadas en la mesa

número 2 del karaoke 88

Las aceras donde caminaste

están llenas de insignificantes terratenientes

que fuman recostados a esos postes de luz

donde nunca habrá episodios suicidas. Vos

estás lleno de barrio y lleno de ganas de escupirle la cara

al primero de ellos que te pregunte en qué trabajás y

dónde estudiás.

El pasado de los perros callejeros

es del tamaño de la melancolía de Mallarmé.

y en cada una de las bolas de fútbol

que extraviabas

en la infancia rebota una nostalgia parecida a un dibujo.

Tu pose de muchacho

capitalino se diluye en el acto de

un delineador para ojos que te valió las suspicacias

del suegro.

¿No será medio maricón? – se preguntaba mientras

le decías que ibas a casarte con su hija (¿y tu de modo de cruzar

la pierna?)

Ella era esa linda hija menor que te hacía menos

insulso y que tenía el aspecto de un soneto perdido.

Ella apenas llegaba al cumpleaños de las cosas

y vos ya le ponías

su nombre a todas las esquinas de la casa

que barrerías más tarde.

Ahora sos un pelele con buen humor

que tiene la consideración de no despertarla cuando tiene

pesadillas. Y en las noches te levantás y encendés un cigarro

para no sentir la palidez del infinito. Porque es más

fácil soportar un mundo que nunca acaba

que imaginar el vacío lleno de cosas invisibles.

Cada vez que te ves al espejo sentís que el

espejo es un silencio bruñido por ingenuos alquimistas.

Y en casa tenés sofás donde florecen los más

dulces borrachos y tenés ceniceros donde yacen las cenizas

de un sinfín de dragones inofensivos.

Cuando orinás de pie

querés hacer una trinchera contra las niñas feministas

que recién ingresan a la Universidad y que tienen bonitas piernas

Y por si fuera poco todavía hay

un ramo de servilletas arrugadas en la mesa

número 2 del karaoke 88

para vos.

jueves 1 de octubre de 2009

Ella leyendo a Virginia Woolf


Y cuando regresó del supermercado era otra persona.
Los seres irracionales que hacían las veces
de una compañía
-y que tienen
unos dotes adivinatorios más
que portentosos para la identificación de sus amos-
no repararían en ella.
Había envejecido
tanto como un duque triste.
Nada la podía salvar. Sus lecturas anarquistas
y su denodada militancia por la causa
de las vulvas mojadas
era poco menos que un rumor. Su diario
lleno de palabras obscenas y tachones
estaba también embarrado de naufragios. Nunca fue una de
esas chicas que dibujan corazones
en la contratapa del cuaderno.
Nunca tuvo una mejor amiga para proponerle
ser best friends for ever.
Pero ahora le hacía falta algo así como una
canción de Morrisey para encerrase
en su recamara y contarse a sí misma que había una vez
una doncella hecha de dinamita que tuvo la suerte
de izar una bandera hecha de sostenes
y que luego se fue por el mundo a escupirle
los ojos a todos los muchachos que se creían
príncipes azules.
Ese día tomó el mismo autobús de siempre
para ir al supermercado y permaneció
entre los anaqueles
cotejando los precios de los frijoles enlatados y las pastas.
A la salida habría sentido pena del vendedor de lotería
con esa misma mezquindad espiritual de siempre.
Regresaría a su casa.
En el trayecto
pudo haber sido víctima de algún rapto
o pudo pasar siglos contemplando
la belleza inerte e insignificante de las montañas.
Decenas de veganistas sentirían piedad
de las flores y se acostarían
acariciando la longevidad.
Y ella regresaba a casa
tan melancólica como un gitano paralítico
y sus codos arrugados la delataban.
Ni sus gatos ni las arañas que tejían
crímenes para sus amantes
la reconocieron.
Quizás la próxima vez que vaya a la tienda
de mascotas
debiera
comprar un perro.

viernes 25 de septiembre de 2009

The Creatures



cuando se comportaba

como ser humano no pasaba de ser

una chica encantadoramente extraña que comía

algodones de azúcar al modo de Siouxsie Sioux

cuando se comportaba como objeto

era similar a las sombras que proyectan

los muebles de una casa victoriana

y también tenía algo de tetera

de lámpara y de zapatilla de ballet

tocarla era semejante a la sensación

que te produce caminar a oscuras en una sala

y su tacto evocaba una incertidumbre del tamaño

de un fantasma

a veces se comportaba como vegetal y entonces

todo lo chorreaba de clorofila y todo era eclosión

de criaturas frías

en esos días no solía estar en casa

y no solía cumplir años

cuando se comportaba como animal

era el animal más lindo del universo

tenía una manera tan tierna de matarme

tenía unos ojos tan depredadoramente dulces


jueves 17 de septiembre de 2009

Concursos para tristes





A mis abuelos: María Luisa Chacón Muñoz
y Luis Guillermo Coto Ortiz


A María Luisa los pájaros le provocaban enamorarse de la muerte.
y tenía un modo tan dulce de matar las pulgas.
Cuando éstas trepaban por sus medias desde quien sabe qué
recodo del perro o del gato o del suelo María Luisa
provocaba estremecimientos en las grietas del cuarto.
Y la casa entonces cantaba canciones muy antiguas
y la familia era nuevamente grande y numerosa
y la voz de Guillermo era una suspicacia
del bigote
y el bigote era una mariposa encanecida
y María Luisa se ensanchaba de caderas y daba a luz
a mil hijos que eran como gotas de Guillermo.
Pero María Luisa a veces podía ser muy sentimental
y podía llorar noches enteras por que la casa no era precisamente
una rockola de esas donde depositás monedas
para ahuyentar fantasmas.
Entonces María Luisa se sentaba en el sofá y miraba
el arco de medio punto de su sala –la sala que Guillermo
construyó para las visitas-
y acariciaba el vacío de los tubos al vacío de su radio
y no sentía piedad del infinito y María Luisa entonces
recordaba que Guillermo la tocaba como a una extranjera
como a las curvas de los muebles como tocaba
a esa misma mecedora
donde Guillermo todas las tardes sentía miedo de morir.
Desde el fondo de su café con leche se palpaba el pulso
en la garganta y suspiraba viendo las ventanas.
Cuando viajaba en el carro de Guillermo María Luisa
permanecía callada horas y horas mientras pensaba
¿te acordás cómo te gustaban las pitangas, Guillermo?
y contaba los postes y las puertas y los umbrales de las casas
donde nunca hubo veraneras ni concursos para tristes.
Por aquel tiempo a María Luisa ya los pájaros le provocaban
enamorarse de la muerte.
Sobre todo cuando amanecía temprano
y le daba ganas de cantar –“eres mi bien lo que me tiene extasiado…”-
y el sol era un canario inmenso
lleno de incendios


Ilustración: El Sol de Edward Munch